Si bien el arte en metal es milenario y existen en todo el mundo objetos ornamentales y joyas preciosas, trabajados con diferentes metales, aleaciones y técnicas de orfebrería, al hablar del origen del repujado en metal encontramos un claro vínculo con los íconos rusos.

La tradición de la pintura de íconos, con toda su carga espiritual y artística, se desarrolló a plenitud en el Imperio Bizantino. Tras la caída de Constantinopla frente a los turcos en 1453, esta tradición pasó a Rusia, Georgia y Creta, regiones eminentemente religiosas.

Los íconos religiosos, llenos de simbología y belleza, e incluso considerados milagrosos, eran venerados por los feligreses en las iglesias. Con el paso del tiempo, se deterioraban por el humo y la cercanía de las velas, el medio ambiente y el contacto con los creyentes que los tocaban llenos de fe. Con el afán de protegerlos se empezaron a cubrir con oro, bronce o plata, dejando únicamente visible el rostro, y en ocasiones también las manos y los pies de la imagen. Esta cobertura metálica se trabajaba como una copia fiel del propio ícono con todos sus detalles, grabando y realzando la lámina de metal con la técnica del repujado y convirtiéndola en una hermosa obra, digna de una imagen sagrada.

En el siglo XX, a partir de los años 20, se retomó en Europa esta técnica, pero ya no enfocada al arte religioso, sino desarrollando objetos arte como cajas, lámparas, marcos y muebles, entre otros. Actualmente el repujado en metales blandos como el estaño y la plata a vuelto a tomar auge. Es una técnica que abarca el dibujo, la pintura, la escultura y la incrustación de piedras preciosas, entre otras manifestaciones artísticas, que aunadas a la creatividad, dan como resultado piezas de gran belleza.