La pintura al temple es la técnica pictórica más antigua que se conoce; consiste en disolver en agua pigmento molido y templarlo o engrosarlo con huevo, goma o una solución de glicerina. Los sarcófagos y las pinturas murales del antiguo Egipto y de Babilonia, así como las del periodo micénico en Grecia, están realizadas en temple al huevo, la forma más clásica de esta técnica.

El empleo del temple se extendió a Europa y fue el principal medio utilizado en pintura de tabla en la Edad Media y el Renacimiento. En Europa Oriental, destacan los íconos bizantinos y ortodoxos, mientras que en el Occidente europeo es una técnica característica del románico y el gótico, que alcanzó su culminación en Italia. Todas las pinturas de tabla conservadas de Miguel Ángel son de temple al huevo. Pintores florentinos de los siglos XIII y XIV, como Giotto, Cimabue y sus contemporáneos, utilizaban esta técnica sobre una capa de gesso o yeso blanco que constituía la superficie pictórica y se conseguía después de un laborioso proceso de preparación de la tabla de madera. Molían los pigmentos a mano y una vez obtenido el polvo lo mezclaban con el aglutinante. Las pinturas al temple eran de acabado mate y mantenían el color inalterable durante mucho tiempo.

Aunque la técnica del temple fue eclipsada durante el Renacimiento tardío y el Barroco, por la aparición en Europa de la pintura al óleo, fue redescubierta y revalorada en el siglo XIX por diversos artistas como los Nazarenos y los Prerrafaelistas. En el siglo XX el temple tuvo un renacimiento significativo y actualmente son muchos los pintores que utilizan esta técnica. Pero particularmente en piezas como los íconos religiosos, se puede afirmar que el temple es la técnica por excelencia, la pintura que logra la expresión más auténtica de este arte.