El esmalte al fuego es un arte muy antiguo. Data del año 1500 a.C., y su aplicación en forma vítrea e incolora se atribuye a los celtas, quienes lo usaron en sus arreos, joyería y armaduras.

Más tarde, los fenicios y los egipcios lo aplicaron como pigmento (color) y lo usaron sobre todo en joyería. En el siglo V d.C. lo transmitieron a los griegos, quienes lo aplicaron en ornamentos de oro y plata.

El gran desarrollo de esta técnica durante el siglo XVI se atribuye a los italianos, quienes lo utilizaron principalmente en el diseño de vitrales. Ya en el Renacimiento, se utilizó como pintura o pigmento, y al aplicarse con pincel confirió al esmaltista la categoría de pintor.

Posteriormente el esmalte llegó a China y de ahí pasó a Japón. En los siglos XVIII y XIX comenzó a utilizarse en Inglaterra y Estados Unidos, país en que se crearon joyas de excelente manufactura de 1918 a 1930.

Desde los inicios del siglo XX hasta hoy el esmalte se ha extendido por los cinco continentes. Se ha rescatado y retomado esta técnica milenaria, lo que ha permitido ampliarla y también desarrollar técnicas personales, así como nuevas formas y texturas que son una aportación de gran trascendencia a las artes gráficas y pictóricas actuales.